11 jun. 2011

Una chica llamada Mailen...

No es la primera vez que Mailen se mira al espejo para tratar de descubrir qué es lo que falla. Siempre supo que no era muy bonita, pero una cosa es de saberlo, íntimamente, y otra muy distinta oír al propio padre diciéndoselo entre risas a los clientes de su taller. 
    "La verdad es que me salio fea la piba. No se que paso, pobrecita, es horrible".
Miles de veces, encerrada ne el baño, se había preguntado cual era el problema. Que era lo que hacia que se pareciera a un sapo despanzurrado que a una mujer. ¿Los ojos, muy saltones, como dos huevos??. Tal vez. ¿Los cachetes, que, pese a ser muy flaca, eran hinchados y caídos? Si, sin duda ayudaban a darle esa apariencia de batracio.
    Mailen sabe que cuando esta de buen humor esos horribles defectos casi no se notan. Los ojos le brillan, os cachetes suben. Pero se la gana la impotencia , con después de escuchar aquello, le resulta imposible dominar la expresión.
   Por eso, siempre intenta parecer alegre. Fuera de su casa le resulta sencillo. Aunque se ria poco, porque cuando lo hace deja al descubierto un diente superpuesto y, por coquetería inmediatamente se tapa la boca. No importa mostrar cuantas veces le digan que es mejor reírse y mostrar unos dientes horribles que hacerse  la geisha. Es una manía. Y ella intenta mostrarse alegre  con los ojos, pero sin exagerar.
    Igual, eso era antes. Ahora no es un diente superpuesto sino un para golpes de metal lo que la geisha oculta. Porque se puso aparatos fijos y, además, su vida cambió.
     Lo conoció a Agustín. Hace cuatro meses y veintisiete días. En la poco romántica sala de espera del consultorio del dentista.
     Él estaba feliz, después de cuatro años iban a sacarle esos malditos alambres. Ella estaba un poco nerviosa. A su padre los aparatos siempre le había parecido un gasto superfluo. Pero ella había averiguado de ese centro odontológico, en donde podrían brindarle una sonrisa por poca plata, y estaba decidida a costearse el tratamiento con el dinero de su mensualidad. 
    El gasto era más que justificado. No era sólo acabar con ese diente superpuesto y animarse luego a sonreír sin vergüenza. A ella los aparatos fijos le parecían... simpáticos, distinguidos, elegantes... ¡Ningún pobre los usaba!
   Agustín se acercó para darle ánimos: que no era tan grave, le dijo, que no había dejado de tener suerte con las chicas, que casi no se veían además... "¡La gente que usa aparatos tiene tanta personalidad!" Esa frase la conquistó. Esa frase y su sonrisa perfecta.
  A las pocas semanas de conocerlo, Mailen pudo comprobar que era el hombre de su vida. Adoraba el sushi, aunque nunca lo comiera; hablaba de los boliches de Punta del Este, aunque nunca hubiera estado allí; le daba picazón la ropa ordinaria; le caían mal al intestino todos los productos lácteos que no eran de determinada marca, etcétera, etcétera, etcétera. Tenían un largo etcétera de premisas compartidas. Toda una actitud hacia la vida.
     ¡Que su padre dijera lo que tuviera ganas! Agustín la quería con cara de sapo despanzurrado y sonrisa ortopédica. ¿Y qué? Con buen humor, con mal humor... siempre que tuviera el jean con la etiqueta de la ultima temporada.
     Después de estos pensamientos, el espejo le devuelve cierta seguridad. Mailen abre despacio la puerta del baño y desde allí escucha la cháchara de su padre en el garaje. Daría un portazo y se encerraría en su habitación, pero él se lo tiene terminantemente prohibido, y cuando dice: ter-mi-nan-te-men-te-pro-hi-bi-do- quiere decir: "si no atenete a las consecuencias". 

                                                                                                       Fin.